INSTANTES DEL ALMA

“Hola, holita. Agüita fresca, el granizado, la cervecita”. Analizando la frase, llego a la conclusión de que la cerveza no es fresca, y quizá el granizado tampoco. Un tórrido clima inunda toda la playa, traducción fina del hace un calor de cojones que pronuncia mi abuela cada vez que rompe una ola. Un joven, de aspecto ermitaño y voz rota, sacude su toalla arrojando toda la arena en mi cara. La extiende. Se le dobla. Se llena de arena. La sacude. Me vuelve a lanzar el ataque. Le miro incesantemente esperando una disculpa. No la hay; el ermitaño está demasiado ocupado intentando descifrar el encriptado enigma de cómo diablos poner una jodida toalla con el viento de cara. Pedir la ayuda de un desconocido no es una opción al parecer, mucho mejor embadurnarlo hasta el rebozo más absoluto. Se le vuelve a doblar. La sacude de nuevo. Más ciego no puedo estar. La coloca -con éxito- en el suelo. Se marcha corriendo hasta la orilla.

“Coco fresco, cooocooo freeescooo”. Es el momento de echarse crema. Lo hago. Sin ayuda, está claro. El intrincado arte de echarse crema de forma conjunta es demasiado erótico como para siquiera planteárselo a mi abuela. Hay una parte de la espalda, mecachis en…, que es como el orgasmo femenino; aunque uno se esfuerce, nunca lo llena por completo. Esa parte sin rociar será la mayor derrotada al final del día. En fin, hora de meterse en el agua. Me acabo de echar crema, sí, pero ésta es resistente y no perderá su efecto después de pegarme un bañito. O a lo mejor sí. Es igual, pa’l agua que voy. Nada más pisar la orilla, un dilema me rompe por dentro: ¿atravesar las aguas como Jesucristo confiado y sin poderes o introducirme en ellas poco a poco como un Moisés cauto y desconfiado? Si me meto rápido, sufriré una intensa tortura de unos cinco segundos. Si lo hago despacio, la tortura durará unos cinco minutos y se volverá igual de intensa, o más, cuando las partes nobles se vean afectadas. No lo pienso más, escojo la segunda. Tras veinte minutos de punzante agonía, estoy dentro del agua. Veo una bolsa. ¿o quizá sea una medusa? Me quedo petrificado. Debe ser una bolsa. Sí, es una bolsa, estoy seguro, por eso se mueve con la resaca, porque es un objeto sin autonomía propia. Como si las medusas no sufriesen las mareas… Es igual, ya se ha ido. Intento pillar las olas justo en el momento de máxima ondulación. Imposible. O las cojo en una fase embrionaria o me golpean cuando ya han roto de madurez. “¿Massage? ¿Massage?”. Hostia, ¿también aquí? Estoy varado en la orilla. Hora de quitarse la sal.

De camino a la ducha, veo a mi abuela comiendo unos trozos de sandía regularmente cortados. “¿Me das un poco, yaya?”. La abuela no vuelve a comer sandía en tres años. Me la como entera, ni las pepitas dejo. “Tenía que ir a la ducha”, pienso angustiado. Ya estoy seco, no me voy a mojar otra vez, ¿o sí? Otro dilema se cierne sobre mí: ¿mojarme de nuevo y secarme a los siete minutos, o pasarme el resto del día con la molestia de la sal? La segunda opción, de nuevo, es la elegida. “Agüita, granizado, cerveza fresca”. La cerveza se ha enfriado por arte de magia. No me fío. Cojo mi toalla, la extiendo cuatro veces y me tumbo sobre ella. Aparece el tercer dilema: ¿paso de la comodidad y me pongo moreno por los dos lados, vuelta y vuelta, o me paso todo el rato bocabajo alejando mis pupilas del sol? La segunda es la buena. Arrían la bandera amarilla, al final era una medusa. “¿Relojes? ¿Watches?”. “No, gracias”. Hora de abandonar la playa. “¿Unas trenzas, mi amor?”.

La abuela lleva la nevera y las sillas, yo las toallas y la sombrilla. Juego a simular que la sombrilla, convenientemente cerrada, es un lanzamisiles que llevo al hombro. Acabo con tres palmeras, la cuarta se libra por problemas de ajuste con la mirilla. Despierto de mis bélicas hazañas. Antes de salir al paseo marítimo, hay que afrontar un nuevo dilema: ¿me quito la arena de los pies con la toalla en un banco del paseo marítimo, con el riesgo de no acabar con todos los restos, o los meto en la ducha y acabo con todo rastro de polvo, con el riesgo de rebozarme de nuevo dada la pegadiza humedad que llevaría encima? La segunda, la segunda siempre. Me mojo los pies. Entre las duchas y el paseo hay cinco metros. Los recorro a 0,1 km/h. Levanto los pies al máximo. Llego al paseo. Tengo arena en los pies. Soy una gamba, además. Hora de comer.

La yaya quiere tapas, yo también. Nos sentamos en el primer chiringuito que vemos. “Dos aguas y unas bravas, luego pediremos más”. Te quiero, abuela. Nos traen las bravas, sin salsa brava. Al menos la salsa blanca, a caballo entre la mayonesa y el alioli, está rica. Seguimos a rajatabla la sagrada norma de las bravas. Jamás, pero jamás de los jamases, se cogen las del medio primero. Se empieza por los lados y se va mojando con la salsita que queda en el centro del plato, una salsita que ahoga a las patatas bravas reinas, aquellas que hay que dejar para el final, y es que unas bravas sin nada con que mojarlas es algo que simplemente no puede ser constitucional. El plato queda limpio, y mi garganta seca. No nos queda agua a ninguno de los dos y el camarero ha desaparecido entre el olor a fritanga. Sediento, miro al mar. "Ojalá pudiera bebérmelo", pienso, para así tenerlo dos veces dentro de mí. El horizonte está ligeramente inclinado hacia arriba. Vuelvo a mirar a la mesa. La abuela ya no está. Hay momentos que deberían ser eternos.


                                                                                                                Enrique García Rodríguez

                                                                                                                       #elveranodemivida


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